Radio Guadalupana Online

Catedral de Santa Ana de Coro, 7 de abril de 2020.

Queridos hermanos sacerdotes,

Hoy como todos los años nos reunimos alrededor de este altar a celebrar nuestra Misa Crismal, pero, lo hacemos en medio de una realidad muy dolorosa. Como nunca lo pensamos estamos sumidos en una crisis de salud que, sin respetar ninguna condición humana, va diezmando a nuestra población. Crisis que se agrava por las medidas que deben tomarse para contrarrestar esta pandemia. En nuestro país la situación se puede dificultar aún más por los problemas políticos y sociales que nos aquejan desde hace tiempo atrás.

En medio de la cuarentena a la que estamos llamados por prevención, me vino a la mente la homilía que el Papa Francisco predicó el 17 de abril de 2014 y quisiera compartir algunas de sus ideas con ustedes, mis germanos sacerdotes.

Al inicio de su homilía invita a los sacerdotes a hacer memoria del “día feliz de la institución del sacerdocio y del de nuestra propia ordenación sacerdotal”, recordándonos que fuimos “ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría”. Unción que penetró en lo íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció sacramentalmente.

Esta frase hoy mas que nunca tiene para nosotros una importancia capital. Nuestro pueblo en medio de la realidad a la que está forzado a vivir por esta pandemia sufre no sólo materialmente sino también anímicamente. En palabras del Santo Padre: “Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos.” Nuestro pueblo más sencillo suma a su cotidiano sufrimiento, la presencia de un enemigo que pone su existencia en peligro. En esta situación nosotros estamos ungidos para ungir con el óleo de la alegría.

A esta altura de nuestra reflexión, nos viene a la mente un pensamiento lógico: también nosotros estamos en esta misma situación. También a nosotros nos está afectando esta realidad cruel. Nuestro ministerio, nuestra vida cotidiana, nuestra salud…en fin todo se nos ha cambiado. Hasta la misma celebración del Misterio Pascual se encuentra afectada. También a nosotros nos sorprendió la tormenta inesperada y furiosa del Evangelio. ¿Cómo vamos a trasmitir esperanza y alegría si nosotros mismos estamos afectados por las circunstancias?

El Santo Padre nos recuerda que la alegría sacerdotal “tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor *esté en nosotros* y *sea plena* (Jn.15, 11)” Nosotros somos los primeros que en estos momentos debemos volver nuestra mirada a ese Señor que nos quiere, nos ama y sí se preocupa por nosotros. Si siempre ha sido necesario nuestra comunión íntima con el Señor, ahora, en estos momentos es mucho mas urgente para que nosotros no abandonemos “lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida”. Tiempo precioso para aumentar y fortalecer nuestra fe, que no es tanto creer que el Señor existe, sino ir hacia Él y confiar en Él.

Hermanos sacerdotes aprovechemos esta circunstancia tan especial para profundizar nuestra comunión con el Señor, fuente de esa esperanza y alegría que debemos trasmitir a los demás.

El Santo Padre nos recuerda que “El sacerdote es el mas pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el mas necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el mas indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie mas pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc, 1,48)”

Pero, también el Papa Francisco nos recuerda que esa unción que recibimos el día de nuestra ordenación sacerdotal “es para ungir al santo Pueblo fiel de Dios”. No nos pertenece. Si buceamos introspectivamente en nuestro interior descubriremos que todo son “señales que dicen *salida*: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y dale a tu pueblo lo que te fue encomendado… Si no sales de ti mismo, el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda.”

Hoy nuestro pueblo sufre y se encuentra desesperanzado y frente al sufrimiento, es “donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).” Este momento “nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.” Y nosotros sacerdotes, ungidos con el óleo de la alegría debemos ser testigos fieles de esa presencia amorosa del Señor Jesucristo que se solidarizo con toda la humanidad y entregó su vida en el árbol de la cruz por nuestros pecados. En su Cruz hemos sido salvados. “En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.” Él nos dice “no tengan miedo”.

Termino con este pensamiento del Papa Francisco: “El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.”