HOMILÍA EN LA MISA DE ENVÍO PARA INICIAR LA NUEVA FASE DE LA ELABORACIÓN DEL PLAN ARQUIDIOCESANO DE EVANGELIZACIÓN Y RENOVACIÓN PASTORAL

Queridos hermanos

“Estaban reunidos todos en un mismo lugar” (2,1b)

La expresión “todos juntos” recalca la unidad de la comunidad y es una característica del discipulado en los Hechos de los Apóstoles. Una comunidad cuyo número indica el pueblo de la Alianza que aguarda las promesas definitivas de parte de Dios.  En ella no se excluyen, puesto que estaban “todos”, la Madre de Jesús y un grupo más amplio de seguidores de Jesús. Este “todos” anuncia también la expansión del don a todas las personas que se abren a él, como efectivamente lo irá narrando –a partir de este primer día- el libro de los Hechos de los Apóstoles.

El Espíritu se derrama de manera individual pero, al mismo tiempo en comunidad, es decir, en individuos que viven en comunión. La salvación desde el inicio de la Revelación se nos presenta como una salvación que viene de Dios y se recibe como pueblo.

La Iglesia nace en comunidad y en una comunidad que se abre al mundo entero. No es un ghetto. Es un pueblo que abe sus brazos a toda la humanidad y que invita a vivir en familia como el Señor lo quiere.

En un mundo tan cargado de egoísmos, divisiones y guerras, el Señor nos envía su Espíritu para que vivamos en comunidad.

Dos signos: el viento y el fuego (2,2-3)

El viento en la Biblia está asociado al Espíritu Santo: se trata del “Ruah” o “soplo vital” de Dios. Ya el profeta Ezequiel había profetizado que, como culmen de su obra, Dios infundiría en el corazón del hombre “un espíritu nuevo” (Ez 36,26), también Joel 3,1-2; pues bien, con la muerte y resurrección de Jesús, y con el don del Espíritu, los nuevos tiempos han llegado, el Reino de Dios ha sido definitivamente inaugurado. El hecho que provenga “del cielo”, quiere decir que se trata de una iniciativa de Dios. Dios quiere que su Nuevo Pueblo nazca con un espíritu nuevo. Por eso con el Padre envía su Espíritu para que transfor la faz de la tierra. Espiritualidad significa eso: vivir en el Espíritu que Jesús y el Padre nos han enviado. Y ese Espíritu nos convoca a la comunión.

Sin embargo, a pesar de que por 20 siglos se ha tratado de anunciar este mensaje del Señor, vemos con profundo dolor como cada día más esta sociedad nos lleva a vivir en un clima de egoísmo, injusticias, odios, guerras y desunión. Es imposible no estar conscientes de cómo se ha incrementado la violencia y el odio en medio de nuestras comunidades, especialmente las más excluidas. La violencia política no se queda atrás y no se respetan las ideas del adversario ideológico, sino que por el contrario todo se quiere resolver a fuerza de insultos, descalificaciones, odios, rencores y actos de violencia física

El Concilio Vaticano II por esto, nos define a la Iglesia como Sacramento de Comunión: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1) Estamos llamados como Iglesia a ser testigos en este mundo de comunión.

La Iglesia como comunión, vive relaciones de amor, que no son simplemente funcionales sino basadas en el amor que es Dios y tiene un fin común que es la realización de la voluntad salvífica universal del Padre.

La espiritualidad de comunión radica en Dios (amor compartido, Trinidad de personas) que crea al ser humano a su imagen y semejanza y, por lo tanto, lo crea para vivir en el amor, para vivir en comunidad, para vivir como pueblo. Dios nos llama a la comunión con Él, comunión que se convierte en posesión común de aquellos que lo acogen. Nosotros, por nuestra parte, estamos llamados a hacernos siempre más comunión, más comunidad, más pueblo, más familia de Dios.

Esta Espiritualidad comporta vivir la novedad de las relaciones con Dios y con todos los seres humanos; participar en la vida de los otros y de la comunidad para compartir los gozos y los dolores, haciéndonos próximos, compañeros de aventura y asumiendo la propia responsabilidad para buscar el bien de los otros y el bien común. Implica vivir la reconciliación para buscar los caminos necesarios a fin de restablecer la paz; ministro de la reconciliación el cristiano pacifica en si cuánto hay de división, se hace “puente” entre las partes heridas, genera el encuentro de los que están dispersos, acoge a todos, especialmente a los más pobres, débiles y excluidos; promueve relaciones fraternas y hace interactuar las partes.

Comporta vivir la solidaridad que se expresa en la comunicación y el compartir los bienes espirituales, materiales y culturales, cumpliendo así el mandamiento nuevo de amarnos los unos a los otros como Él nos amó. Solidaridad que lucha por un mundo distinto, más justo, más humano y, por lo mismo, en paz.

Pidámosle a Nuestra Señora de Guadalupe que estuvo con los Apóstoles ese día de Pentecostés nos acompañe en ese compromiso al cual nos llama el Espíritu de vivir en comunidad

Catedral, 30 de Mayo de 2020.

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