Esta expresión es muy común escucharla en estos tiempos por muchos de nosotros. Venezuela está en crisis; necesitamos un cambio. No podemos continuar en esta situación: corrupción, miseria, desempleo, inflación, etc. Situación que se agrava con la llegada de la pandemia del Covid 19.

Es verdad que necesitamos cambio. Más aún, son muchas las voces que se elevan diciendo que esta pandemia nos debe dar una lección y al salir de ella la humanidad debe implementar cambios en la sociedad, Ante esto, hay algunos que piensan que los cambios deben ser cosas como limitar nuestras manifestaciones de afecto: no más abrazos y besos, etc. Me llamó mucho la atención que, en una noticia en un diario español, se publicó una fotografía de algunas personas que al levantar las restricciones de la cuarentena habían decidido ir de compras a una tienda de ropa muy conocida y el periodista manifestaba que esas personas no habían entendido el cambio que debíamos tener después de la cuarentena, ya que, algunas no llevaban tapa bocas, ni mantenían la distancia requerida. Y presentaba la noticia, como si, los cambios que se debían tomar radicaban en cosas superficiales como el tapa bocas, la distancia, etc.

No. Los cambios que se deben dar en nuestra sociedad son más radicales, más fundamentales que simple cambios superficiales. El Papa Francisco ha insistido en eso. Vivimos en una sociedad donde se premia el egoísmo, la mentira, la injusticia, la muerte. Lamentablemente la humanidad se ha dejado invadir cada día, por todos estos antivalores que causan tanto daño a todo el universo. Nuestro cambio debe ser radical. Es necesario transformar este mundo.  Y nosotros los cristianos católicos tenemos esa misión.

La sociedad ha desterrado a Dios de su seno y ha instaurado la cultura de la muerte. Y, por el contrario, donde está Jesús crece la vida, pues Él vino a traernos vida y vida en abundancia, nos dice el evangelio. Jesús -vemos en el Evangelio- cura a los enfermos, acoge a los desvalidos, sana a los enajenados y perdona a los pecadores. Si tenemos a Jesús con nosotros vamos a tener amor a la vida, interés por los que sufren y pasión por la liberación de todo mal en la sociedad. El Papa Francisco nos dice que el discípulo de Jesús no puede ser indiferente ante el sufrimiento humano. El cristiano, como Jesús, debe ir por el mundo difundiendo vida restaurando lo que está enfermo, el mal que pueda encontrar. Dios es amigo de la vida, de la felicidad, la salud, el gozo y la plenitud de todos los hombres. El mal lo hemos introducido nosotros los seres humanos al dejarnos engañar por el diablo. Hemos buscado la felicidad en aquello que nos trae, al contrario, infelicidad, pues, va contra la realización misma del ser humano, que fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Por lo tanto, estamos llamados a vivir en el amor, el único camino para nuestra realización y nuestra felicidad.

Es muy triste ver cómo nos hemos acostumbrado a la cultura de la muerte: muerte de la naturaleza, destruida por la contaminación ambiental, muerte por accidentes de tránsito, muerte por la violencia, muerte por los abortos, muertes por la eutanasia, etc. Es doloroso ver con qué indiferencia leemos o escuchamos las noticias de unas cifras aterradoras que hablan de la muerte de millones de personas por hambre y desnutrición. De manera pasiva, contemplamos este mundo de violencia callada, pero eficaz y constante, de estructuras injustas que hunden a los débiles en la marginación, de gobiernos que, por amor al poder, destruyen y matan a aquel que se les oponga. Como dice el Papa “los dolores y sufrimientos ajenos nos preocupan poco. Solo nos preocupamos de nuestros propios problemas, de nuestro bienestar o seguridad personal. Nos invade la apatía.”

Y ese es el cambio real y fundamental que se debe dar en nuestra sociedad. Debemos luchar por cambiar nuestra sociedad, transformarla en una más justa, humana y fraterna.

Permítanme terminar con esta cita del Padre José Antonio Pagola: “Los creyentes no hemos de olvidar que el amor cristiano es siempre interés por la vida, búsqueda apasionada de felicidad para el hermano. El amor cristiano es la actitud que nace en aquel que ha descubierto que Dios ama tan apasionadamente nuestra vida que ha sido capaz de sufrir nuestra muerte, para abrirnos las puertas de una vida eterna compartiendo para siempre su amor.” (El camino abierto por Jesús Evangelio de Marcos. – pág.45).

+ Mons. Mariano José Parra Sandoval

Arzobispo de Coro