Radio Guadalupana Online

Ante todo pido disculpas porque por motivos ajenos a mi voluntad no pude enviar este artículo la semana pasada.

El tema tratado en el anterior artículo, es una reflexión que cada día se hace más urgente realizarla en nuestro país pues, las circunstancias así lo piden.

Si los cristianos nos limitamos a ver la realidad social, política y económica desde fuera de ella misma; si practicamos la espiritualidad de los “ojos cerrados” y de los “oídos tapados”, ante el mal presente en nuestra realidad; si seguimos viviendo en un tiempo que no existe, en un pasado que añoramos y un futuro que nunca llega, seguiremos sin entender la vocación a la cual Dios nos llama. Podemos decir que el resultado final de esta actitud es que el presente y la realidad quedan abandonadas a su suerte. Y como nos lo recuerda el Papa Francisco, esa no puede ser la actitud de un cristiano.

El laico cristiano tiene la obligación de saltar al terreno de juego de la vida pública, del compromiso apostólico y la militancia cristiana. En ese campo de juego debe sumar esfuerzos con todos aquellos que buscan una sociedad más justa, más humana y más solidaria. Allí debe aportar soluciones para la construcción de ese mundo mejor, de la Civilización del Amor. Por supuesto, siempre teniendo en cuenta el Plan de Dios que nos comunicó el Señor Jesús en su Evangelio.

El Concilio Vaticano II principalmente en su constitución «Lumen Gentium» y el decreto «Apostolicam actuositatem» nos invitan a asumir esta actitud y el Papa Francisco nos lo recuerda en sus escritos y alocuciones.

«A los laicos corresponde, por propia vocación tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” (LG 31). «El plan de Dios sobre el mundo es que los hombres y las mujeres instauren con espíritu de concordia el orden temporal y lo perfeccionen sin cesar” (AA 7).

Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común», que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

Venezuela vive momentos muy críticos, nunca antes visto en nuestra patria. Y esta realidad a pesar de que podemos calificarla de muy humana, tiene un trasfondo religioso: es un signo de los tiempos que vivimos, donde Dios nos habla y nos confía una misión. Esa misión consiste en trabajar por la construcción de su Reino de justicia, amor y paz. Este llamado es algo irrenunciable para todo cristiano, en cualquier estado de vida. Cada quien poniendo, según sus posibilidades, su grano de arena. La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades». En la historia de la humanidad y de la Iglesia encontramos muchas personas que han entendido esta llamada y han respondido con generosidad a la vocación del Señor. Un ejemplo de esto es Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los gobernantes y políticos. Él afirmó con su vida y su muerte que el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral.

Por todo lo anteriormente dicho, exhorto a los cristianos que me leen a asumir este compromiso al cual nos llama el Señor. Tenemos que construir una Venezuela nueva donde podamos todos vivir de una manera digna, donde trabajemos por erradicar las injusticias, las desigualdades, donde todos podamos alcanzar una sociedad más justa, más humana y más fraterna. Trabajemos todos de manera pacífica y democrática por esta meta que nos plantea el Señor en el Evangelio.

 Exhorto, de igual manera, a aquellos cristianos que se sienten llamados a incursionar en el mundo de la política, que lo hagan sin perder de vista nunca los valores de nuestra fe, plasmados en las páginas del Evangelio. Recuerden la máxima de Santo Tomás Moro: el hombre no puede dejar a Dios de lado, ni puede incursionar en el mundo de la política, olvidándose de los principios morales que el Señor nos predicó.