Papa Francisco, un hombre de Dios que guía a la Iglesia por caminos de renovación en medio de muchas luchas internas y externas. Un pontífice que ha despertado polémicas y al mismo tiempo un profeta cuyo mensaje profundo es aún desconocido para la mayoría de los creyentes. Detrás de esa sonrisa amable y de ese caminar descompasado se guarda una profundidad espiritual que cuando se descubre no hace más que dejarnos asombrados y convencernos de que Dios sabe lo que hace y suscita el Pastor para cada tiempo. 

Es costumbre que los papas al ser elegidos se cambien el nombre, el Card. Bergoglio decidió llamarse Francisco, pero cuál francisco, el pobre de Asís, el de la paz y el bien, el pequeño fraile que recorrió la Europa medieval devastada por la peste y las cruzadas con un mensaje de fraternidad, el que reconstruyó la Iglesia por mandato del Señor. La elección de este nombre no ha sido algo de casualidad, es un signo programático de su pontificado: un papado de renovación eclesial, fraternidad y evangelización.  Los que se dedican al estudio del magisterio del Papa Francisco, concuerdan que la fraternidad es uno de esos valores trasversales que guía su pensamiento y motiva muchas de sus acciones. El Papa es un convencido “de que la fraternidad es la herencia que lleva consigo todo hombre y mujer en cuanto ser humano e hijo/a del mismo padre”[1] y el camino por el cual se podrá lograr la transformación de la sociedad y la credibilidad del mensaje cristiano. La fraternidad se convierte en el canal más útil para la evangelización.

Para comprender ese valor fundamental de la fraternidad en el pontificado de Francisco es necesario tener en consideración tres elementos. Primero, su espiritualidad ignaciana centrada en el vaciamiento del hombre, “se trata de ser hombres y mujeres no centrados en sí mismos entender que en el centro está Jesús. Únicamente si se permanece centrados en Dios es posible ir a las periferias del mundo”[2]. En segundo lugar su comprensión del hombre no como individuo, sino como  persona que  “vive porque está inserto en una trama de relaciones que bate el ritmo de un recorrido que hay que hacer junto al otro”[3] Y por último lo que él mismo llama la oposición polar, comprender que “las tensiones esenciales de la vida se convierten  en una clave de interpretación de la realidad, la lente a través de la que observar y encontrar el mundo, a los demás, a sí mismo”[4]. Teniendo en cuenta este marco original y referencial nos acercamos a la comprensión de algunos elementos de la reciente encíclica Fratelli Tutti que a nuestro parecer son resaltantes para el desarrollo de una espiritualidad de fraternidad y solidaridad.

En este tiempo que vivimos todos hablan de pandemia: médicos, políticos, actores creyentes, ateos; es un tema que parece tener muchos especialistas. El Papa también ha querido hablar de esta situación, no para decirnos cifras o medidas de prevención sino para darnos luces que nos ayuden a discernir lo que vivimos, tratando de mostrar lo que esta pandemia ha dejado al descubierto: “nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos.”[5] Con un sentido profético el Papa deja entrever que toda la pandemia ha sido un signo de Dios para mostrarnos que no es verdad que cada quien vive su vida, que todos estamos en la misma barca[6] y que desde la fraternidad y la filiación es que podremos generar cambios importantes.

El Papa desea brindarnos una mirada creyente del momento actual, ayudarnos a comprender que “las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido. En realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor”[7] y es capaz de tratar al otro con dignidad, pues lo reconoce como semejante, como otro que también ha sido salvado por Dios y en quien encuentra complemento a sus propios vacíos. Es desde esta óptica de una fe cristiana y humana que el Papa plantea la fraternidad como un camino de espiritualidad que nos sitúa en dos realidades que son unificadoras de la persona: hijo de Dios y hermano de los hombres.

P. Jesús Camacho