Radio Guadalupana

Muy pocas cosas son consideradas de tan profunda reflexión como el ministerio de Cristo que, siendo Dios, quiso hacerse uno de nosotros para vivir como nosotros, menos en el pecado. Es esto lo que hace posible que su trascendental amor cubra todos los espacios, dimensiones y hemisferios de nuestro ser, aún más cuando se decide ser como él, estar en él y vivir por él y para él.  

En efecto, hay quienes optan por seguir el modelo de Cristo, un modelo por demás exigente, pero que colma de gozo a quien lo asume desde el amor, tal como lo hizo el Pbro. Albert Márquez, nuestro protagonista de la historia de hoy, quien, a su corta edad, vive su propia experiencia de fe en el sacerdocio desde la alegría, desde la felicidad que santifica, no solo a quien la expresa, sino también a quien se contagia de ella. Este ministro de la Iglesia Universal, concedió a todos adentrarnos en su vida muy particular, quizás para muchos extraordinaria desde el sentido ordinario del cual se desarrolló, marcando la diferencia por su personalidad única y agradable al afecto de los demás. Hoy conoceremos al Alberth como proyecto, el humano en construcción que trata de estar en la voluntad de Dios para vivir un sacerdocio pleno, aunque éste también esté en construcción.

Alberth Alfonso Márquez Barrios, nació en La Guajira venezolana el 12 de mayo de 1992, aproximadamente a las 4:00 de la mañana, según reza su partida de nacimiento. Nacido de la unión de Jorge Alfonso Márquez Guerrero y Nellys del Carmen Barrios Escorcia, ambos de origen colombiano, quienes tuvieron dos hijos: Alberth Alfonso y Alder Alberto. Luego de cierto tiempo se separaron y, por diversas razones, decidieron hacerse responsables cada uno de uno de sus hijos: Alberth se fue con su padre y Alderth con su madre, quien además debía responsabilizarse de sus tres hijos mayores, los cuales tuvo con su primera pareja.

La niñez de nuestro protagonista de la historia de hoy, trascurrió en una geografía rural, en un suelo vestido por árboles de mango y frutas tropicales, además de grandes campos que sirven a la agricultura y la ganadería. En esta zona fronteriza –parroquia Elías Sánchez Rubio, Municipio Guajira, del Estado Zulia– confluyen valores culturales procedentes de la etnia Wayuu y muchos de los del vecino país (Colombia). Fue este el humus donde vivió su niñez, en un pequeño caserío llamado “El Cero”, el p. Alberth, de allí se comprende, entre otras cosas, su gusto por el vallenato.  

Bajo la influencia de la cultura wayuunaiki, Alberth Alfonso, creció junto a su joven padre, en medio de un núcleo familiar muy amplio y numeroso conformado por tíos, abuelos, primos, e inclusive hermanos, pues éste tiene 6 consanguíneos entre padre y madre. Ese mismo entorno familiar, ha marcado su personalidad tan cercana con la gente, al tratar a todos como parte de su vida aunque no le sean, una filosofía adquirida de los wayuu, pues para ellos basta ser de la misma casta o tener un ancestro en común, para considerar al otro como verdadera familia. Era muy hábil para el  estudio, cursó su primaria en una escuela unitaria de su pueblo, que por tener una matrícula muy baja, sólo llegaba hasta 3er grado, por eso tuvo que terminar este nivel de estudio en una escuela  ubicada  en uno de los pueblos vecinos, un tanto retirada. La secundaria la cursó en el Centro de Aprendizaje Agrícola “Don Bosco” de los padres salesianos, en donde desarrolló una madurez en la fe y en la conciencia.

El llamado vocacional.

Este joven sacerdote, comenta que su familia no era muy asidua a la Iglesia, quizás por eso su vida de fe la fortalece y la cultiva de forma genuina en el colegio de los salesianos, el cual funcionaba como internado, y tanta fue su influencia en el camino de fe, que decidió internarse cuando cursaba 4to año, aun cuando no era necesario, pues éste vivía a sólo unas cuantas cuadras de la institución.

Por eso, su llamado vocacional comienza a sentirlo a los 15 años de edad, menciona que la visita constante de seminaristas, la convivencia con los sacerdotes del colegio y la dinámica pastoral que éstos llevaban con los jóvenes, afianzó en él esa inquietud vocacional cuando estaba en 5to año y que luego lo llevó a participar en dos centros vocacionales, en uno, quizás de forma apresurada, solicitó su pre-noviciado para iniciar su proceso con la Congregación de los Salesianos, la cual le fue rechazada argumentando que debía atravesar por otros procesos antes de ser admitido, lo cual interpretó como un no.

Cuando se dispuso vivir los procesos propuestos por quienes dirigían la pastoral vocacional de los salesianos, hicieron cambios en el internado de los sacerdotes que dirigían la institución, los cuales, a su vez, eran sus  directores espirituales, y no logró comenzar siquiera estos procesos, por eso llegó a sentir que esto del sacerdocio no era para él. No obstante, cuando culmina la secundaria y se traslada a su casa materna en Maracaibo, seguía con la inquietud, con esa llamada vocacional que desde los 15 años lo acompañaba, es entonces que, por su ardor a la misión, llega a la ciudad de Coro al conocer al Pbro. Gilberto García, con el que pudo misionar en la comunidad de La Chapa, al sur de la Arquidiócesis de Coro, a partir de allí vivió varios encuentros como éste, por lo que surgió la propuesta de formar parte de la Sociedad de Vida Apostólica Cristo Joven, en la que inició su proceso de formación al sacerdocio, secundando el anhelo que Dios ponía en su corazón.

Sin embargo, en este mismo discernimiento, por distintos motivos, no se siente identificado con la sociedad y tiene la oportunidad de ingresar al Seminario Mayor San Ignacio de Antioquía de Coro, para cursar el 3er año de filosofía, luego es enviado al Seminario Santo Tomás de Aquino de Maracaibo para estudiar la teología y culminar su formación hacia el sacerdocio. Describe su experiencia en el seminario como de aprendizaje, un lugar donde se es formado, donde se moldean muchas conductas, donde también acontecen experiencias nada positivas, pero que igual ayudan a crecer en el espíritu; un espacio donde las relaciones interpersonales se fortalecen, al igual que el servicio y la vivencia de la fe, pues enfatiza que la cuestión es comprender que se está allí por Jesús, reviviendo la experiencia discipular de los Doce junto al Maestro.

El lado humano de Alberth Márquez.

¿Cómo se define? Fue la interrogante echa a este joven sacerdote, a la cual respondió con singular empatía: “Como hijo de Dios, amado por él, que descubre su vida como un don de Dios, como un proyecto, Alberth es un proyecto”, asegurando que conoce sus imperfecciones y las hace consciente, buscando responder con docilidad a ese proyecto de Dios llamado “Alberth”.

Tiene recuerdos muy hermosos, por ejemplo; cuando le tocaba visitar a su madre y a sus hermanos, para él era una emoción incalculable, pero también vivió momentos muy tristes: la muerte de su primo Meison, muy cercano a él, le atravesó el corazón, una muerte inesperada a raíz de un accidente de tránsito, que hoy por hoy mueve fibras en su ser. Es una persona que le gusta la sinceridad, la verdad, las amistades, conversar, bromear arriesgarse, servir y ayudar a otros. En el sentido contrario, no le gustan las mentiras, detesta las groserías, no le agradan los conflictos ni la falsedad, no le gusta estar por estar, ni mucho menos ser mediocre.

Como cualquier hombre, tuvo una novia, con la que muy jocosamente dijo haber durado un mes de relación, pues era su mejor amiga, ella gustaba de él, quisieron intentarlo y pues no fue lo más acertado. Todo esto sucedió en medio de su proceso de discernimiento vocacional –en su último año de bachillerato–, ante lo que asegura que pudo más el llamado que Dios le hacía al sacerdocio que los nobles sentimientos hacia aquella amiga.

El Sacerdote y Yo.

¿Cómo es Alberth sacerdote? fue la pregunta inicial de esta parte de la entrevista, respondiendo que es el mismo en todas partes, siendo feliz en su ministerio, reconoce que algunas veces se siente cabizbajo por considerar que no ha sido tan fiel como quisiera, enfatizando: “No soy el sacerdote que sueño, sino este que soy aquí y ahora, pero me consuela saber que estoy en construcción, Dios sigue modelando mi viejo barro”. Como le gusta bromear, siente que debe controlarse en ocasiones, pero que igual disfruta hacerlo, y así como estas particularidades de su persona, hay otras que las vive a plenitud aun siendo sacerdote.

De esta forma llegamos a la pregunta clave de esta conversación: ¿Se puede separar el sacerdocio de la persona de Alberth Márquez? y de la misma manera llega su respuesta muy contundente: “No es posible. La vida de Alberth es la misma vida sacerdotal. El sacerdocio cubre todas las dimensiones de mi ser y no hay espacio donde Alberth no sea sacerdote”, una aseveración que conlleva a reafirmar una vez más que no es cuestión de un oficio que se ejerce en ciertos momentos y lugares, sino que se trata de una consagración absoluta y, aunque lo humano sea lo más visible, en él está presente el único sacerdocio de Cristo, porque él es Cristo en su esencia, por la vinculación sacramental que le confiere el sacramento del Orden en el grado del presbiterado.

Esta simbiosis del sacerdocio único de Cristo y quien lo ejerce, vas más allá de una extraordinaria concepción teologal, se concretiza en una experiencia constante de llamada y escucha, de discernimiento y aceptación, que direcciona cualquier experiencia a la idea de una vida santificadora y santificante en el sacerdocio, en un ministerio ineludible que se va fortaleciendo en la dinámica pastoral y en el amor a lo que se hace, como bien lo señala el Pbro. Alberth Márquez: “Así como lo humano se construye, el don del sacerdocio ministerial también está en construcción, no es algo que está acabado automáticamente por la imposición de manos y la oración consecratoria del Obispo, sino que allí apenas está el germen, la raíz sacramental.”

Finalmente…

El que a él le guste bailar, pero no sepa hacerlo y busque quien le enseñe, el que a veces sea extrovertido y en ocasiones imprudente –como confiesa–, aunque suene dicotómico, es una señal de que el sacerdocio no es algo que está fuera del alcance de quien es llamado por Dios, aunque tenga sus particularidades en el modo de ser, sus actitudes por mejorar en cuanto a la personalidad, entre otras aseveraciones. El don de la vocación sacerdotal no se da por una selección de los más santos o los mejores, no excluye las imperfecciones humanas, sino que acontece también hoy por una llamada libérrima y gratuita de Cristo que, fijando su mirada en los que Él quiere, los consagra sacerdotes por la acción del Espíritu Santo y de ese modo sigue Él entre nosotros, es decir, a través de sus ministros, servidores y consagrados, quienes, aceptando su propuesta de amor, se entregan para que lo demás seamos sanados y liberados, tengamos un espacio, una oportunidad, una bendición…

El Pbro. Alberth Alfonso Márquez Barrios, representa la nueva generación de sacerdotes que, con su testimonio, demuestran que es posible seguir apostando por una vida en Cristo, quien nos configura y nos transforma desde la esencia misma con lo que fuimos creados: la santidad, que más allá de una meta a alcanzar, debe ser un camino que se retoma y se cultiva constantemente con el fin de llegar felices a la eternidad.

Redacción: José Alberto Morillo

Prensa Arquidiócesis de Coro

02 de octubre de 2021